Todos hemos
pasado por momentos difíciles, etapas en las que la adversidad gana terreno a
la bienaventuranza, donde no ves la luz al final del túnel y todo se reviste de
negros y grises. Entonces, en esos momentos, te preguntas “¿por qué a mí?”. El
creyente te dirá: "ten fe, Dios aprieta pero no ahoga". Pero tú no puedes dejar de sentir que te
extingues. Intentas ser positivo, ver, como dicen, el lado bueno de las cosas,
y entonces otra desdicha te atropella y enmudece el alma. ¿Ten fe?
Es así como
yo, como creyente, como ser que cree en un Dios que nos aguarda como una
divinidad bondadosa en su máxima potencia, me pregunto: ¿qué hay de toda
aquella gente que muere de hambre, de aquellos que padecen terribles
enfermedades, de las guerras que sacuden el mundo? Dios es padre y quiero
pensar que ningún padre es tan cruel como para desear o permitir tales
barbaries a ninguno de sus hijos. Mis padres, desde luego, no lo harían. Y son
mortales, no la virtud en su máxima expresión.
Últimamente
he pasado por situaciones duras y complicadas y, sí, he cuestionado mi fe. Pero después pienso que
si Dios nos hizo verdaderamente libres, con todo lo que la palabra en sí conduce...
¿quién sino nosotros es dueño de nuestro destino? Dios no interfiere para bien
o para mal en nuestro mundo. No podemos echarle a él la culpa de nuestro
infortunio, así como tampoco agradecerle la suerte de lo que nos pase. En
cambio, sí debemos agradecerle la vida, tanto con las espinas como con los
pétalos que la envuelven. Y ese es el regalo más maravilloso que se nos podía
haber concedido: vivir.
Como digo, Dios
nos creó libres y nos observa desde allí arriba, esperando el momento en que nos
reunamos en la eternidad junto a él. Y creo en Cristo y en su mensaje de paz,
amor, bondad y generosidad. ¿Quién no va a creer en eso? Por eso mismo, para mí
es inconcebible creer en un Dios cruel. Porque Dios es amor, pero no interfiere
en los asuntos de los vivos, precisamente por esa condición de hombres libres
que nos otorgó desde que el mundo es mundo.
Así, la vida,
como vida libre, tiene sus cuesta arriba y sus cuesta abajo. Y todos tenemos
que aprender a sortear los obstáculos que se nos presentan. Solos. Sin nadie
más. Creo en Dios y creo en la resurrección del alma. Y sobre todo, creo en las
buenas personas. Porque el ser buena persona no te lo da el ir a misa los
domingos o tener tales o cuales creencias. En el Dios que yo creo todo eso no
importa porque Dios quiere a todos sus hijos por igual y lo único que espera de
nosotros es que seamos, en definitiva, buena gente. Nada más. En todo eso creo.
Y no me considero menos creyente por creer en la libertad, porque amo a Dios
pero mi concepto de él es distinto a como muchos me lo presentan.
¿Ten fe? Sin
duda, la tengo. Pero sé que Dios no es culpable de lo que me suceda en el mundo
de los vivos, aunque bien es verdad que cuando pasas por un mal momento, la fe
es lo único a lo que aferrarse… y te aferras.
Andrea Mateos
@prepyus
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