Los que aman
España a menudo lo hacen de una forma ilusamente utópica, rememorando una
gloria histórica que ha sido descosida por el mal que actualmente le aqueja.
Aman España como una abstracción y claman un odio atroz por la gente que la
compone. Pero, ¿se puede amar un país y no su gente, que constituye
principalmente su esencia? ¿Pues qué es un estado sin su pueblo?
Cierto es,
un pueblo que se corrompe por los corrompidos, donde ‘los que no se quejan’ se
quejan de ‘los que se quejan’, y al final España entera lagrimea. Esa España
donde una mayoría aparenta saber de todo en todas las situaciones, y luego está
la élite listilla que simula no saber de nada aún sabiendo (principalmente
cuando salen a la luz asuntos turbios). Igualmente habitan los que construyen
falsamente la historia, buscando -en un intento desesperado y fanático- un
motivo inexistente para independizarse. Esa es España, nuestra España. La que
tiene que lidiar contra su propio pueblo para no desmoronarse sobre sus propios
cimientos. Pero si España no es España sin su pueblo, ¿puede lidiar contra sí
misma?
Existen
también, como digo, los llamados falsos patriotas. Aquellos a los que se les
llena la boca de un idolatrado amor hacia su patria, rozando los límites de lo
divino. Un amor que es casi tan grande como el rencor que engendran hacia sus
hermanos de tierra, que serán corruptos, gemebundos, patrañeros o con tintes
independentistas, pero hermanos, al fin y al cabo. Vaya, ¡que en todas las
familias cuecen habas!
Pero al
igual que un reloj no lo es sin sus engranajes (podrá tener apariencia de
reloj, pero sin engranajes nunca marcará la hora), España no es España sin su
pueblo. Ambos constituyen un mismo conjunto, como una unidad psicosomática de
cuerpo y mente mediante una relación simbiótica donde la una requiere de la
otra para funcionar de un modo perfecto o, aunque a veces vaya a trompicones,
hacerlo en la mejor medida. Y ciertamente, España sí es una gran nación, como
claman los falsos patriotas. Pero la idea desparece no solo con aquellos que
pretenden desprenderse de ella, sino también con los que hablan en un doble
discurso chauvinista y segregado debido a la dicotomía emocional que se produce
entre el amor y el odio que incoherentemente profesan.
Andrea Mateos
@prepyus
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